Los patrones de su madre correntina la vendieron cuando era una bebé y pudieron reencontrarse tras 68 años: «Hija, te robaron de mis manos»

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Esta historia de novela nació en Twitter y se hizo viral hace dos semanas tras una publicación de Infobae, que recogió la historia de Patricia Schoo Obligado, la mujer que cuando tenía 40 años se enteró que quien decía que era su madre y la había maltratado toda su vida, en realidad era la mujer que la había apropiado, en connivencia con los patrones de su verdadera madre, a quien sometían a todo tipo de abusos. Tras décadas buscando sus orígenes y con casi nulas esperanzas de volver a los brazos de la correntina humilde que la había parido, llegó el encuentro más esperado.

Es viernes santo, las 9.30 de una mañana plateada, vacía y fresca. Es la hora pero Patricia no aparece: no está en línea, no pide entrar al Zoom. «Hola», dice 15 minutos después, y no inventa excusas ni se disculpa: sólo se estaba haciendo un café. Está por empezar a contar públicamente su vida por primera vez -una historia de lujos, mucamas, choferes, maltratos, putas y mentiras-, y en su tono monocorde se nota que no espera nada de la nota: tiene casi 70 años, a esta altura de la vida, esperanza ya no tiene.

Fue Cecilia, una de sus dos hijas, quien la convenció de que la contara cuando llegó la propuesta de Infobae. Cecilia, que no es influencer sino veterinaria, había visto con asombro lo que estaba pasando con el tuit en el que había contado algo de la historia de su mamá:

«Mi vieja se enteró a los 40 que su mamá no la había parido sino que la había comprado en Corrientes a una pobre mujer que fue abusada por su patrón. Ayer me dijo que recién ahora se daba cuenta de quién era esa mujer que lloraba tanto el día de su casamiento».

En pocas horas el tuit había alcanzado los 85.200 likes, más de 2.500 personas lo habían compartido, otras 200 lamentaban lo que le había pasado, y otras tantas querían saber más. ¿Quién era esa «pobre mujer» que había sido abusada por el hijo de su patrón? ¿le habían robado a su hija, la pobreza la había empujado a venderla o la habían obligado a entregarla? ¿había alguna chance de que estuviera viva?

Patricia, entonces, revolvió el café, se acomodó en el sillón de su departamento, en Caballito, y arrancó. La historia que estaba por contar -lo sabía ese día y lo sabe mucho más ahora- tenía la carga dramática de las novelas que se devoran compulsivamente pero su falta de entusiasmo tenía una explicación: no es lo mismo leer cómodamente sobre la vida de película de otro que haber sido la protagonista.

Durante la hora y media que siguió, Patricia contó, con detalles, todo lo que sabía. Primero, que se había criado entre tres casas, algo que siempre le había resultado extraño. «¿Qué chico se cría en tres casas?», se preguntó. De lunes a viernes vivía en Martínez con una familia a la que llamaba «tíos»: en su recuerdo hay una casa con jardín, primos para jugar, perros, gatos y bicicleta.

Todos los fines de semana, sin embargo, en la puerta de esa casa chorizo estacionaba un auto de alta gama y bajaba un chofer. Adentro del auto esperaba la mamá de Patricia: una mujer morocha, alta, refinada y elegante llamada Morena.

Con Morena, que solía llegar envuelta en pieles, Patricia vivía una «vida de ricos». Tenía una habitación propia en un departamento de Recoleta, un placard con ropa fina, viajaba a Punta del Este, a Brasil, siempre a lugares con mucamas. «Señorita Patricia Schoo Obligado, su chofer la está esperando», escuchaba por parlante cada vez que iban a retirarla del exclusivo Club Hípico: la frase la hacía encoger de vergüenza.

Había una tercera casa a la que Morena la llevaba todos los domingos a tomar el té: «La casa de La mami». «Me decía que era una familia amiga de ella, nada más. Yo era una nena, nunca pregunté nada».

Fue una misma coreografía semanal que duró años, aunque siempre atravesada por la distancia: «Si se cruzaba con alguien por la calle, Morena decía ‘acá estoy, con mi chica. Nunca decía ‘con mi hija’«. Cuando Patricia llegó a la adolescencia el desprecio de Morena se volvió indisimulable.

«Me decía que era una inútil, que en el futuro iba a servir solo para lavar cabezas o platos», contó Patricia ese viernes. «Yo siempre pensaba: qué raro que mi mamá me trate así». Con el tiempo, Morena pasó del rechazo a sus rasgos físicos –la obligó a operarse la nariz, por ejemplo-, a pegarle, a llamarla «puta», cuando llegaba a deshora, a sacarle el dinero que ganaba en su trabajo.

Patricia, entonces, buscó la libertad. A los 18 años dejó atrás los lujos y se fue a vivir a una pensión, y a los 22 se casó con Jorge, el hombre que, a pesar de haber muerto, todavía le llena de resplandor los ojos. Fue en esa boda que sucedió aquello que la hija de ambos contó en el tuit: una mujer a la que nadie conocía lloraba, sin consuelo, en el interior de la iglesia del Socorro, en Retiro.

Una verdad a medias

Patricia tenía 40 años y creyó que lo peor ya era parte de un pasado gris. Ahora tenía un marido amado, su casa, sus hijas y ya casi no veía a Morena. Fue ahí, en la aparente calma, que empezó a tener ataques de pánico: la duda, que había crecido durante décadas, ya no le cabía en el cuerpo.

Así, preguntando por primera vez, se enteró de la verdad, o al menos de una parte.

Morena era una mujer soltera que un día le había hecho saber a su secretaria que quería tener una hija. La secretaria había llevado el chisme al barrio y así se había enterado una vecina. Lo que dijo la vecina mientras colgaban la ropa en el fondo compartido de las casas había cambiado la historia de todos: «Mi marido conoce a una familia en Corrientes que quiere regalar a una nena» .

Así le hicieron el nexo a Morena, que viajó con su mucama y su chofer a retirar a la beba. «Allá se encontró con una familia que tenía campos y tenía de mucama a una chica menudita y jovencita. Bueno, el hijo de los patrones la había dejado embarazada dos veces. Primero habían tenido un varón, Enrique, y se lo habían quedado porque les servía para trabajar en el campo. Ahora la chica había tenido una nena. La patrona, una mujer muy sargentona, era la que mandaba en la familia: ella había dado la orden de regalarla», contó Patricia.

O sea que tu mamá no era Morena sino esa mucama—, entendí ese viernes santo.

—Claro. Igual ya pasó tanto tiempo…Creo que es imposible que esté viva, debería tener como 84 años—, siguió Patricia.

¿Sabés el nombre, el apellido, algo?

—Díaz, pero Díaz es muy común en Corrientes—, respondió, en estado de desánimo total.

Patricia conocía el nombre y el apellido de esa mujer desde 1995, cuando se enteró de su existencia. Sabía que le decían «Nati», pero se llamaba Natividad Díaz . Con ayuda de su marido y de sus hijas la habían buscado de todas las formas posibles. «Y nada, nunca jamás llegamos a nada», cuenta, al teléfono su hija.

Una botella tirada al mar

El mismo sábado 23 de abril en que se publicó en Infobae la historia de Patricia llegaron decenas de mails. «Hola, tengo acceso a la base de datos del Pami, puedo buscarla y saber al menos si está viva»«hola, encontré 6 Natividad Díaz, me fijé en los documentos, fijate ésta, debe tener la edad de Nati»«hola, soy de Corrientes, si tienen algún dato más puedo salir a buscarla».

La historia de Patricia ya había dejado de ser la historia privada de Patricia aunque, en concreto, no había nada nuevo. Fue el domingo a las 18.01 que en la bandeja de entrada cayó el mail que lo cambió todo:

«Buenas tardes, ¿cómo estás? Nos llegó la noticia de que Patricia Schoo Obligado busca a su mamá y a su hermano. Soy la hija de Enrique Diaz, su hermano, la nieta de Natividad Diaz. ¿Cómo podemos hacer para contactarla? Mi abuela aún vive».

Lo que siguió fue un arrebato de llanto y desesperación, porque Patricia se había ido a pasar el día a la isla Martín García, no tenía señal en el teléfono, sus hijas no lograban encontrarla y fue la última en enterarse.

«En un momento volvió la señal y me entraron todos los mensajes juntos, las llamadas. Mi hija lloraba y me decía ‘mamá, encontraron a tu mamá y está viva’ . Fue un momento…ay Dios», cuenta Patricia y se atraganta. «Yo miraba el teléfono, me lo apoyaba en el pecho y le decía a mi hija ‘repetímelo, por favor, repetímelo’, y ella: ‘Que está viva mamá, está viva» .

Natividad no sólo estaba viva sino que vivía en Moreno, a menos de 40 kilómetros de distancia. No tenía 84 años sino 91. Patricia trató de calmarse: se dijo que, con esa edad, seguro los hijos iban a pedirle tiempo para prepararla. Pero lo que pasó es que corrieron a buscarla, porque Nati no estaba en casa sino en el bingo.

«Así que yo estaba hablando por teléfono con su hijo menor, y de repente me dijo: ‘Acá llegó mamá, ¿la querés ver? Te hago una videollamada».

Esa misma noche, madre e hija volvieron a estar, 68 años después, frente a frente, como el día en que las separaron. «Te robaron de mis manos, hija», fue lo primero que Nati le dijo.

Una semana después organizaron una fiesta para darle la bienvenida. «Pensar que yo me crié como hija única, sola, y ahora tengo mamá, siete hermanos, cuñadas, sobrinos», dice Patricia, que todavía no lo puede creer. Le hicieron un asado, le cocinaron comida correntina, vieron a Nati bailar chamamé, y un hermano que viajó especialmente de Corrientes le trajo un regalo: su partida de nacimiento original .

Así, Patricia se enteró de que no se llamaba Patricia sino María Susana. Que había nacido casi un año antes del día en que Morena la había anotado como hija propia con la ayuda de dos testigos falsos: el chofer y la mucama.

Mamá

Es lunes, pasaron ocho días del mail que lo cambió todo, y desde la puerta de la casa de Nati, en Moreno, se escucha el canto de un gallo. Patricia entra, la ve venir, la abraza y en un mismo movimiento se convierte en una nena:

«Qué lindo abrazarte, mami», «te voy a gastar de tantos besos que te voy a dar», «vamos a dormir juntas y te voy a abrazar fuerte toda la noche», le dice. Nati sonríe, le acaricia la espalda y en un mismo movimiento se convierte en una madre: «¿Estás con frío?», le pregunta.

 

Después la mira y como si hubiera pasado 68 años masticando la verdad, le cuenta:

«Yo vivía en la casa de esa familia en el campo. Era mucama, era peón, era todo: ordeñaba las vacas, bañaba a las ovejas, iba a hacer los mandados a caballo. Me hacían dormir atrás, en un galpón. Los hijos de mi patrona me tenían de sirvienta y de paso de mujer, como quien dice. Se sacaban las ganas conmigo, yo era un animalito más del campo. Me usaban, porque cariño no había, después se lavaban las manos».

Patricia le agarra la mano, la acaricia, pone la suya al lado de la de Nati y levanta la mirada con asombro: «Son iguales», anuncia. Se nota que Nati tiene nietas porque tiene las uñas pintadas con rosa, plateado, negro y brillitos.

La historia era más dramática de lo que Patricia había imaginado. Nati había tenido un primer hijo varón a los 14 años producto del abuso de uno de los hijos de sus patrones. Después, otro de los hijos la había dejado embarazada dos veces más.

«Cuando yo aparecía embarazada mis patrones no decían nada, nadie preguntaba de quién era. Ellos se daban cuenta que eran de sus hijos, si no había otro hombre en el campo». De los tres hijos de la mucama, se quedaron con dos: los dos varones. ¿Por qué entonces regalaron a la nena?

«Vos ya eras grandecita, te querías sentar solita . Estabas vestida así nomás porque estabas de entrecasa. Te veo ahí en el campo, sentada en un banco bajito. Ya no tomabas el pecho, mamadera nomás, y así, de un momento para el otro vinieron y me la sacaron, te llevaron» , le dice Nati, y las lágrimas se deslizan entre los surcos de la piel plisada y dura.

«Yo sentí que mi patrona le dijo al hijo: ‘La vamos a dar porque el día de mañana va a ser como la madre’ . Una mucama, una cualquiera, habrá querido decir eso. A mí se me caían las lágrimas, y al padre también, tu papá. No dormía yo, todo el tiempo pensaba en vos».

Los abusos se apilaron uno encima de otro porque, además, Natividad era analfabeta. «Lo único que yo sé es firmar», cuenta ahora. «Sólo supe que te tenía esa señora morocha y alta, elegante, muy linda. Y no te vi más, nunca más», le dice con cierta culpa, como si hubiese tenido alguna chance de evitarlo.

Esa señora alta, elegante y linda a la que se refiere era, claro, Morena. «Parecía una dama muy poderosa, ¿pero sabés cómo había hecho la plata?», interrumpe Patricia. «Era dama de compañía. En aquella época, cuando una familia adinerada tenía un hijo gay había que hacer lo que fuera para que nadie lo notara. La familia te daba las pieles, las joyas, el dinero, te llevaba de viaje, lo que fuera para que parecieras la esposa«.

El apellido de Patricia, de hecho, «es de un cliente con el que Morena cambiaba sexo por dinero y al que le mintió por la desesperación que tenía de que yo pareciera hija de madre soltera».

Es probable que haya cosas que Nati ya no recuerde o que haya borrado para sobrevivir: dice que nunca volvió a ver a su hija, aunque la persona que le contó a Patricia toda la verdad jura que no fue así. Que, al final, toda esa familia se mudó de Corrientes a Buenos Aires -con Nati incluida en el inventario-: ésa era «la casa de La Mami» a la que Morena la llevaba a tomar el té los domingos.

Que Nati criaba ahí al varón que no le habían sacado, y que lo mandaban al mismo colegio que a Patricia, el parroquial de Martínez. Que Nati iba a buscar al varón y se quedaba en la puerta mirando a su hija, que la seguía por la calle. «Me contaron que no podía acercarse a mí porque estaba bajo amenaza: si lo intentaba, le iban a sacar también al hijo». Tampoco recuerda haber sido ella la mujer que lloraba en el casamiento.

¿Y quiénes eran los tíos con los que Patricia vivía de lunes a viernes? «Cuando Morena sintió que tener una hija daba mucho trabajo quiso devolverme, como a un perrito«, cuenta Patricia. «Los de Corrientes ya no me querían, si me habían regalado…así que me dejó con la familia que había hecho el nexo, los intermediarios».

Natividad, finalmente, pudo salir de esa familia y conoció a quien fue el gran amor de su vida. Enamorada y con terror de que él pensara que había sido su culpa, nunca le contó lo que le había pasado. «Creo que me iba a llevar ese secreto», lamenta. «A mí me dijeron que te habían cambiado también el nombre, después me dijeron que estabas muerta. Yo te di por perdida».

Nati tuvo con ese hombre más hijos: cuatro varones y una nena. Casualidad o no, le puso a esa nena Patricia, el mismo nombre con el que vivía su hija robada.

El gallo sigue cantando, y Patricia vuelve al auto para buscar dos regalos que trajo para su mamá. Uno es su campera, que quiere que la use ella; el otro es una foto de su casamiento. Nati mira la foto, besa justo el lugar en el que está la cara de su hija.

«Nunca dejé de pensar en ella, siempre la tuve acá», dice después, y se apoya la mano en el pecho. «Pero a mi edad no, ya no esperaba tenerlos a todos juntos de vuelta». Patricia no puede dejar de tocarla, de olerle el pelo, de frotarle las manos. Después, a un mar de distancia del tono monocorde de aquel viernes santo, dice:

«Yo siempre le hablaba en mi mente: ‘Mami, donde estés, yo te quiero encontrar . Pero bueno, si ya no estás, escuchame: te perdono, vos no tuviste la culpa de nada», dice Patricia y hace llorar hasta al gallo. Después, la mira a los ojos y le dice: «Yo siempre le dije ‘mamá’ a Morena, que me trataba mal, que no me quería. Ahora digo ‘mamá’ y se me llena la boca de amor, mirame: mamá, mamá, mamá, hola mamá «.