La otra cuarentena: comunidades originarias le temen a la falta de agua en vez del coronavirus

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Chozas de adobe o madera, con techos de hule o chapa. Carpas improvisadas con ramas, lonas y plástico. Tres generaciones: ancianos, adultos, niñas y niños, conviviendo en unos pocos metros cuadrados. Sin insumos básicos y con temperaturas que, adentro, superan los 50°. Esa es la realidad de  la mayoría de las comunidades originarias del norte provincial.

La cuarentena, dictada por el gobierno para frenar el avance del coronavirus, se vuelve allí una encrucijada. «Estamos desesperados. Los hermanos me vienen comentando que, cuando la policía los encuentra abajo del árbol, los obligan a meterse a las casas, que parecen hornos. Les piden autorizaciones para salir. El que no obedece la orden, es llevado a la comisaría y muchas veces los penalizan económicamente por desobediencia»expresa Félix Díaz, líder de la comunidad qom La Primavera y presidente del Consejo Consultivo y Participativo de los Pueblos Indígenas de la República Argentina.

No nos vamos a morir de virus, nos vamos a morir de sed«, asegura Nicodemo Tomás, referente wichi de Collins, en el departamento formoseño de Ramón Lista, cerca de la zona de Potrillos a Clarín.

Las medidas que dictó el gobierno van orientadas a familias urbanas, de clase media o que tienen la posibilidad socioeconómica de permanecer en sus domicilios, ventilar los espacios, evitar los amontonamientos, mantener una distancia prudencial y cambiar sus hábitos», explica el doctor Daniel López Rosetti, especialista clínico y cardiólogo, docente universitario y comunicador. «La implementación a rajatabla de las recomendaciones generales sería contraproducente para muchos grupos humanos: en particular, las barriadas populares y los asentamientos», especifica.

El doctor Rodolfo Franco puede atestiguar la necesidad de abordar el drama sanitario actual de forma específica. Hace ocho años se mudó a Misión Chaqueña, una comunidad wichi de Salta, con cuatro mil habitantes, a 5 kilómetros del Río Bermejo y casi 50 kilómetros de la ciudad de Embarcación.

Actualmente, está casado con una lugareña y es el único doctor para seis mil habitantes, incluyendo a los de la vecina Misión Carboncito. Con recursos escasos y la compañía de dos enfermeros, atiende a cerca de cincuenta pacientes por día.

«Uno de nuestros mayores problemas es la tuberculosis. Estamos atravesando una situación trágica: el hospital de Embarcación, que se debería encargar de eso, no lo hace, porque dice que están esperando la llegada del coronavirus. Se preparan con barbijos y guantes, pero a los tuberculosos los mandan a la casa o les piden que consigan donantes de sangre. Acá eso es muy difícil. Primero, por un tema por cultural. Segundo, porque a la mayoría de la gente le picó la vinchuca alguna vez en su vida», agrega.

¿En qué cambió la vida de Misión Chaqueña con la cuarentena? Franco dice: «Estamos haciendo un aislamiento general, tratando de no ir a Embarcación, que es una ciudad grande. Si llega el virus, es porque viene de afuera. Ahora empezó a haber presencia policial en el monte, desde las 21 horas. A los que encuentran, se los llevan a pasar la noche en la comisaría, no sin algún abuso de autoridad. Es todo un tema, acá la gente se desplaza para cazar o pescar».

Ante la pregunta de cuál sería la situación en caso de que hubiera infectados, la respuesta es clara: «un desastre». El hospital cuenta solo con dos ambulancias, los medicamentos escasean y, según observa, hay una discriminación palpable hacia los habitantes originarios. Uno de ellos, Leonardo Pantoja, alerta: «Vivimos de vender artesanías, productos que hacemos, siembra, ¿ahora qué vamos a hacer? El indígena no importa, pero no ahora. Hay una masacre desde hace 500 años».