Cuando leer es un sueño que se puede alcanzar

0
37

Lectoescritura, esa mágica habilidad de entrelazar letras y formar sílabas que dan vida a palabras, un aprendizaje que ninguna razón debería impedir, pero que por esas cosas de la vida, aún hoy, muchos viven como un sueño difícil de alcanzar. Para Valentín Valdez completar un formulario o leer un documento antes de firmar durante más de ocho décadas significó una tortura, recaer siempre en alguien de buena voluntad, quizá ese fue su principal motor para, a pesar de su edad, no dejar pasar la oportunidad de cursar sus primeros estudios. Mariela Da Luz asumió el compromiso, igual que con muchos otros adultos que dan sus primeros pasos en la escuela.

Da Luz está a cargo del Programa Provincial de Alfabetización y Educación Básica del Adulto (PPAEBA) en Villa Libertad y Caa-Yarí, en ambos escenarios encuentra grandes y motivadoras historias que la movilizan a no rendirse y dar siempre lo mejor de sí en la profesión que escogió hace tiempo, pero la de Valentín es sumamente atrapante, por su empuje, por no rendirse, por presentarle batalla a la vejez con valentía, por no atreverse a decir “no puedo”.

Escondido detrás de un aspecto de hombre fuerte y de pocas palabras, Valentín llegó al salón comunitario donde se reúnen para dar clases, se sentó a la mesa y abrió su cuaderno, prolijo, impoluto, con letras y números dibujados cuidadosamente. “No pude estudiar porque tengo muchos hermanos”, confesó.

“Tenía que ayudar en la casa, mi madre vivía enferma, tenía reuma, y no nos podía cuidar, pero quiero aprender, quiero leer”, añadió. Y aunque su familia lo envió hasta los once años a la escuela, reconoció que cuando llegó aquí no era capaz de hilvanar una sílaba.

Los números, ese es otro tema, “es muy ágil con las matemáticas, en general para los adultos siempre es la materia más sencilla, pues vienen de una práctica diaria”, aseguró la docente.

“Aunque leer es algo que necesito”, aclaró rápidamente el atento alumno, es que “no quiero volver a pasar por situaciones desagradables, como ir al banco y no saber qué estoy firmando”, agregó. Es que hace muy poco un familiar lo llevó a una entidad bancaria y lo indujo a firmar un préstamo y “donarle” el dinero, “muchísimo, aún lo estoy pagando”, dijo.

 

Buscar los sueños

Claro que don Valentín no llegó solo a la Escuela PPAEBA 9057. Fue su nuera, Lorena Dorado, quien lo indujo a tomar este camino. Ella también tuvo acceso a la alfabetización siendo adulta, finalizó la primaria con 38 años y ahora cursa primera año del secundario.

La diferencia de edad con su suegro no la aleja de un pasado similar. Es tucumana, la mayor de varios hermanos, por ende “mis padres me incentivaban más a trabajar que a estudiar, decían que me iba a dar más frutos, eran otros tiempos, a ellos no les habían inculcado la educación como una prioridad, así fueron criados”, describió.

Luego llegaron sus hijos, en la posibilidad de formarse quedó relegada a un último plano. Sin embargo a medida que ellos fueron creciendo el calvario se fue agudizando, cada vez le resultaba más difícil ayudarlos. Y sí, los retoños mueven, por ellos se es capaz de sacar fuerzas aun cuando hace tiempo se perdieron, entonces decidió que era tiempo de volver a los cuadernos, a los libros, a las tareas. Hoy comparte algo con su hijo menor que no todos tienen el privilegio, los temas que abordan los profesores de primer año. Aunque los mayores no podían ser menos, entonces también decidieron que era tiempo de retomar el abandonado secundario.

Y aún hay más. Lorena siempre quiso estudiar Enfermería, carrera en la que piensa inscribirse llegado su momento, aunque entiende, quizá erróneamente, que nunca podrá ejercer, pero sí le permitirá dedicarse con absoluta seguridad al cuidado de personas con algún impedimento.

Como los niños, ellos también viven “esos grandes momentos, llenos de entusiasmo y adrenalina”, y la mirada de esta mujer recobra el brillo que debiera haber tenido en su infancia cuando recuerda su “viaje con la escuela” a Cataratas del Iguazú, maravilla que conoció después de vivir una década en la tierra colorada.

“‘Conozco Misiones es sólo para los chiquitos, enviamos varios pedidos, pero no obteníamos respuestas, estaban decididos a viajar sí o sí, entonces organizamos varias actividades para pagar los pasajes, vendían fideos, bonos colaboración, empanadas, hasta que finalmente conseguí, a través del Ministerio de Educación, con Christian Dechat, el transporte y ellos pudieron gastar su platita en algún recuerdito. Este año vamos a hacer algo también porque esperan el viaje, una opción que estamos analizando es San Ignacio y su espectáculo de Luz y Sonido”, apuntó la maestra.

Más allá de una enseñanza

Diez años hace que Mariela Da Luz es parte de este programa y no deja de sorprenderse por la iniciativa y el entusiasmo que los adultos tienen para aprender, con lo que demuestran que nunca es tarde.

Con el PPAEBA se trabaja en forma itinerante, la coordinadora dispone de un espacio y un grupo de docentes que se ocupará de censar la zona para evaluar si la cantidad de posibles alumnos amerita el dictado de clases. En Villa Libertad actualmente trabaja dos veces por semana y tres viaja a Caa-Yarí, donde completa la matrícula.

“Trabajo con dos grupos, primero con los que comienzan, los de alfabetización, y otros días con los de séptimo grado, es decir, los alumnos de terminalidad primaria; los separo para dar la posibilidad de una enseñanza más individualizada”, describió Da Luz y aseguró que nunca deja de emocionarse con las historias que llegan con sus alumnos, muchos de ellos sólo piden aprender a escribir su nombre, agobiados de sentir vergüenza porque “en el banco nos pintan el dedo”. Por eso “verlos superarse, terminar el año leyendo, es muy gratificante”. “Básicamente, cada docente busca su grupo de alumnos y alfabetiza o da terminalidad de primaria, según las necesidades que hay en el lugar; cuando empezamos con el programa era una novedad, pero da resultados, por eso es que lleva tantos años también, por ahí hay un pensamiento un poco hegemónico de que no se trabaja en las escuelas de adultos, pero ellos realmente son un testimonio de lo mucho que se hace”, remarcó e hizo hincapié en que durante el período que lleva dedicada a este tipo de enseñanza por “sus aulas” pasó un promedio de 17 o 18 personas por año.

“Suele pasar que sea un número fluctuante, este año junto a Valentín comenzó otro muchacho que lamentablemente abandonó porque no puede cumplir con las clases y al ser alfabetización es necesario que esté presente, por ahí los alumnos de séptimo tienen la posibilidad de asistir a menos clases, no es tan problemático, porque van completando las actividades, se puede acomodar, más teniendo en cuenta que es una comunidad educativa de adultos, que tienen sus obligaciones, trabajo, familia y demás, pero con quienes recién comienzan es difícil”, mencionó.

E insistió en que “una de las cosas que más me llama la atención es que hay gente joven que llega sin haber pasado por el sistema de educación formal, porque, por ejemplo, cuando Valentín era niño era habitual que los padres no tengan la educación como una prioridad, pero hay gente más joven que yo que llega sin saber escribir, es difícil de entender y me asusta, se supone que a esta altura tienen que estar todos alfabetizados, en mayor o menor grado”.

En este contexto, opinó además que actualmente “con el programa nacional y el control que se lleva a cabo para el cobro de asignaciones se redujo muchísimo la deserción escolar, muchos chicos volvieron a la escuela, para algo sirvió todo esto”.

 

Estar a la altura

Sabido es que nunca se llega a una profesión enteramente capacitado, sino que será la práctica que finalice la profesión. En la docencia no es diferente.

“Me costó mucho no poder seguir una línea de trabajo, tengo más de veinte años de servicio, estaba acostumbrada a seguir una planificación, uno aprende a ser un poco más estructurado, pero con los adultos te encontrás con otra realidad, no podés planificar una clase, sino los temas y tenés que preparar un sinfín de opciones porque no todos son constantes, hay chicos que vienen de vez en cuando y tenés que volver atrás, no podés seguir una línea estructurada, hay que buscar otras maneras de dar clases, es como formarse otra vez”, confesó Da Luz y agregó que “la escuela de adultos te hace abrir la cabeza para otras cuestiones, por eso separé a los grupos, no existe el pizarrón ni una actividad única, podés tener un primero y trabajar con tres actividades distintas”.

Trabajo con niños de primer grado, me encanta porque ellos se entusiasman, pero veo que el que viene a la escuela de adultos viene a aprender, entonces siempre tenés que tener algo bien pensado, acá no se puede ser espontáneo, hay que dar clases, por eso tengo una rutina en casa, me levanto temprano, voy a la escuela primaria, almuerzo, duermo veinte minutos, me levanto y preparo mis clases, en Caa-Yarí entro a las 18, acá a las 16”, indicó la maestra que se enorgullece de cada logro de “sus chicos”, a pesar de que “son tantos, son muchísimos, no podría dejar la docencia, ver casos como el de don Valentín, que llega pensando no aprenderá nada y verlo a esta altura del año con su cuaderno completo, la tarea hecha, que logre unir una letra con otra y leer, eso no tiene precio, es increíble”.

Fuente diario primera edicion