9 de julio de 1816: Declarar la Independencia era firmar la propia sentencia de muerte

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En 1816 era fundamental declararnos libres. De no hacerlo San Martìn no podría cruzar los Andes. ¿Cómo enfrentar a un Rey del que aún nos considerábamos siervos? Aunque hoy nos resulte lógico y esperable en aquél momento firmar el acta de independencia era peligroso para los congresales, algo así como firmar la propia sentencia a muerte.

Han transcurrido 203 años desde que algunos hijos de esta tierra cimentaron nuestra nacionalidad, decretando la existencia argentina en Tucumán. Desde entonces, entre senderos agrietados por fratricidas luchas estériles, un programa de aspiraciones generosas se hizo espacio.

Más allá del esplendor de aquella gesta es un error simplificar toda una época y creer que la idea de emancipación movió mul­titudes desde un primer momento. Por el contrario. En 1810 los revolucionarios llevaron consigo el retrato del rey Fernando VII y repartieron cintas blancas, símbolos ambos de la unión entre americanos y españoles. Solo parte de la elite revolucionaria buscó cortar cadenas desde un principio.

Mayo estuvo lejos de la gesta popular americanista que los argentinos idealizamos en la infancia. Fue más bien la obra de un grupo de intelectuales que contó con el apoyo de las milicias y una beneficiosa indiferencia de las mayorías. No eran tiempos para hablar abiertamente de libertad y se ampara­ron tras una fingida fidelidad a España.

Fuente 21tv